lunes, 20 de enero de 2014

La caja de las sorpresas


Fotografías: Vivian Maier.
Texto: Mario Maganto Berdejo.

Mi reconocimiento y el de todos los amantes a la fotografía a D. John Maloof, quién rescató del olvido a Vivian Maier dando a conocer su obra en todo el mundo.



En el año 2007, John Maloof, agente inmobiliario aficionado a la historia, está trabajando, junto con Daniel Pogorzelski, en la elaboración de un libro sobre los barrios de Chicago, que terminarán publicando en 2008, con el título “Portage Park”.
Embarcado en la busqueda de fotografías con las que documentar su obra, descubre en una casa de subastas una caja con unos treinta mil negativos del Chicago de la segunda mitad del siglo XX. Puja por ella y la adquiere por unos cuatrocientos dólares.
Lamentablemente, ninguna de esas fotografías tiene cabida en su libro por lo que, en un principio, se desentiende de aquella caja, abandonándola en un armario. Pero, una vez concluido “Portage Park”, John vuelve a interesarse por aquellos negativos. Conforme los examina va descubriendo imágenes de gran calidad que reproducen escenas de la vida cotidiana de las gentes de la “ciudad del viento”.

Retorna a la casa de subastas, donde le informan que la propietaria de ese material es una anciana enferma,  llamada Vivian Maier, cuyas pertenencias han sido vendidas por impago de la renta. Maloof consigue adquirir más material, hasta totalizar la cifra de 150.000 negativos.
John comienza a publicar algunas de las imágenes en “Flick”, despertando pasiones entre los aficionados a la fotografía. Importantes medios de comunicación, incluido el “New York Times”, empiezan a interesarse por el trabajo de Maier, que pronto adquiere gran notoriedad.

Parte de su obra se recoge en el volumen “Vivian Maier-Street Photographer”; se han realizado exposiciones en Chicago, Los Ángeles, Londres, Munich, Oslo, Hamburgo… Pronto se estrenará el documental “Finding Vivian Maier”, en el que se recogerán aspectos de su vida y de su producción creativa.
Un buen día, su descubridor, navegando por internet, accede a un obituario que ha publicado el “Chicago Tribune” en su edición del 23 de abril de 2009. En él se da cuenta de la muerte de Vivian Maier, acontecida el lunes 21 de abril, tras haber vivido los últimos cincuenta años en Chicago. El anuncio de su fallecimiento ha sido pagado por John, Lane y Matthew, quienes la consideran su segunda madre y que la definen como “un espíritu libre que tocó mágicamente la vida de todos los que la conocieron. Siempre dispuesta a echar una mano y a dar una opinión o un consejo”.
Pero ¿quién fue Vivian Maier? Rastreando en los registros y hablando con las personas que tuvieron  alguna relación con ella se ha podido averiguar que fue una mujer solitaria, de carácter fuerte y sin amigos conocidos que, para sobrevevivir, dedicó la mayor parte de su vida a cuidar niños.
Hija de madre francesa y padre austriaco, el 1 de febrero de 1926 nace en el Bronx (Nueva York). De su infancia apenas sabemos nada, salvo que en 1930 se ha perdido la pista de su padre y que madre e hija comparten vivienda con Jeanne Bertrand, una reconocida fotógrafa de retratos que probablemente despierta el interés de Vivian por la fotografía.

En fecha que se desconoce, madre e hija se trasladan a Francia. Sí se tiene constancia de que en 1939 retornan a Estados Unidos para regresar posteriormente al país galo, donde empieza a realizar sus primeras fotografías en el año 1949, con una cámara “Kodak Brownie” de modestísimas prestaciones.
En 1951, Vivian vuelve, esta vez sin su madre, definitivamente a Nueva York, donde se coloca como niñera. En 1952 adquiere una costosa cámara “Rolleiflex” con la que empieza a recoger espontáneas escenas callejeras que guardan considerable similitud con las que realiza la prestigiosa fotógrafa Lisette Model, quien en 1951 está ejerciendo la actividad docente en la “New School for Social Research” de Nueva York. En la actualidad se está investigando sobre la posibilidad de que Vivian hubiera recibido clases de Lisette, pero su nombre no aparece en la lista de alumnos matriculados en esa prestigiosa institución entre 1951 y 1955.

En 1956 se traslada a Chicago, instalándose en el hogar de la familia Gensburgs, constituida por el matrimonio y tres hijos pequeños, de cuyo cuidado se ocupa Vivian. Allí disfruta de una situación envidiable:  además de su dormitorio, dispone de un cuarto de baño personal y un cuarto oscuro en el que revela los negativos.
Maier dedica su tiempo libre a fotografiar a los individuos que pueblan las calles de Chicago, incluidas las minorías étnicas y los excluidos sociales a los que nadie quiere ver.

Pero el tiempo pasa, los niños Gensburgs crecen y, en los años setenta, Vivian tiene que abandonar la casa en la que ha sido tan feliz. A partir de entonces, irá de familia en familia. Es en este periodo cuando se introduce en el mundo del color, utilizando una “Leica” alimentada con película “Kodak ektachrome”, de 35 milímetros.
En los años ochenta la falta de estabilidad laboral y económica la apartan de la fotografía. A finales de los noventa apenas puede sobrevivir y se cree que incluso hay periodos en los que tiene que vagabundear por las calles.
Con la ayuda de John, Lane y Matthew Gensburgs, que la consideran su segunda madre, se instala en un pequeño apartamento. En 2007 son vendidas sus pertenencias por impago de la renta.
En el invierno del 2008, Vivian resbala en una placa de hielo y se golpea fuertemente en la cabeza. A partir de entonces, su salud se deteriora considerablemente, siendo internada en la residencia “Oak Park”, donde fallece en abril de 2009, sin haber mostrado jamás a nadie su obra fotográfica.
Maier perdió pronto a su familia; no se casó nunca, ni tuvo hijos, ni amigos cercanos. Los que la conocieron dicen de ella que era una mujer excéntrica, de carácter fuerte y profundas inquietudes intelectuales. Solía calzar zapatos de tendencia varonil y la cabeza siempre la llevaba cubierta con un sombrero de ala ancha.
Vivian Maier dispara compulsivamente, lo fotografía todo: ancianas decrépitas, indigentes, soldados, niños, amantes… Es como si estuviera buscando detrás de esos rostros anónimos los sentimientos propios de la naturaleza humana que ella nunca tuvo oportunidad de compartir con alguien.
Su imagen aparece frecuentemente reflejada en el cristal de un escaparate o en un espejo; su sombra la recoge sistemáticamente en multitud de escenas, acaso porque ansíe encontrar la esencia de sí misma en alguno de los negativos que después revela en el cuarto oscuro.

Conforme su situación personal se agrava va perdiendo la confianza en el ser humano, del que se va distanciando poco a poco. Los rostros concretos son sustituidos por objetos, graffittis, personajes sin cabeza, o desperdicios abandonados en el suelo. El ojo que todo lo ve se va cubriendo poco a poco de un ligero velo blanco que distorsiona la realidad y que ya solo le muestra imágenes confusas del mundo y de sí misma.

Este artículo se ha publicado en la revista "Imagínate tú", que puede descargarse pulsando aquí